Me gustan los días soleados de invierno.
Aunque por el bien de nuestros pantanos preferiría que lloviera un poco más.
Aun así agradezco los rayos de sol, esos que acarician sin abrasar la piel, los que reconfortan tras varios días de encierro. Me gusta sentarme en el suelo ante el gran ventanal de la habitación de mis padres. Tienen suerte, su habitación da al sur, la mía al frío norte. Me siento sin hacer nada, aunque alguna vez me he llevado un cojín y unos apuntes para robarle un poquito de alegría al día.
Han sido unos exámenes horribles. Nunca fueron divertidos, pero esta vez ha sido diferente. No luchaba solo contra ellos si no contra un rival aún más fuerte y temible.
Contra mí.
Hoy he tenido una pesadilla, soñaba que me quedaba sola conmigo misma, enfrentada cara a cara con ella en una habitación fría.
No sé cuándo perdí su amistad, pero tengo que recuperarla. De momento dejo que los rayos del sol nos acaricien, mañana tal vez le lea un libro. Quizá así la aplaque. Tal vez comience el broche que tanto tiempo lleva esbozado en una hoja llena de garabatos y fórmulas sin sentido. Quizá si la mimo un poco... Quizá algún día se crea que la quiero y confío en ella.
Vuelvo a mi ventana antes de que comience a llorar de nuevo. Estoy bien, solo es tensión acumulada y unas pocas gotas de alcohol en sangre.
Prometo responder mails a comienzo de semana.


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